Las ánimas benditas en La Catedral

Las ánimas benditas en La Catedral

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Antonio Gómez

Resumen

Aquella noche estaba ocurriendo un verdadero terremoto: las colwnnas se medan y doblaban bajo un techo que pareda danzar enloquecido. Pesadas bancas que saltan por sus extremos y golpean el suelo produciendo un ensordecedor rugido de tormenta. Gemidos de dolor y de espanto de las almas benditas que habitan las iglesias. Puertas de los confesionarios que se abren y cierran, candelabros que caen ruidosos y ruedan por el suelo. Estatuas de los santos que hacen venias exageradas como si quisieran escapar de allí y buscar un refugio. La rejilla del bautisterio gime sobre sus goznes en un vaivén que produce chillidos espeluznantes. La escena era enloquecedora, espantosa. Cuando Sandalio, el sacristán, atinó a abrir la poterna del enorme portal contuvo el aliento mientras su frente se perlaba con un sudor helado que de inmediato comenzó a humedecerle también la nuca erizada. No podía caminar. Imposible en tan colosal barahúnda. A gatas, gimiendo, respirando agitado, boqueando, avanzó por el pasillo central hacia el cancel y luego allí, con manos temblorosas, extrajo del bolsillo la caja de cerillas y con dedos crispados e inseguros atinó por fin a encender la lámpara del Santísimo.

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